7/12/10

Oh, teta mía


Tiene catorce meses. Ha llorado muchas veces antes. Ha llorado porque quería chupar de la teta gigante que entra por la puerta cuando él llora y se mete en su boca y de la que bebe una esencia que lo tranquiliza. La teta también susurra ternuras y gracias y es caliente y al fondo hace: «Bum, bum, bum», un sonido que lo mece y lo arroba y él conoce bien. La teta gigante. No sabe si el pezón es su boca o no es su boca. Sólo sabe que si se siente perdido sin ella y llora, viene. Ha llorado por eso. Porque quiere leche. O simplemente el olor de la teta, la voz de la teta.
También lloró tiempo atrás, con los cólicos, agudos como alambre. Un malestar que no era suyo, porque no sabía dónde estaba eso que lo traspasaba ni qué era, porque ni sabía que tenía una barriga dura y tensa como la piel de un tambor. Era una angustia que compartía con la enorme camada del dolor, que él no conoce. La vida entera mama de ese dolor que no tiene dueño, que no es de nadie.
Pero lo de hoy es distinto. Hay otros dos niños. Son, como él, pequeños. No hablan con sentido y apenas si pronuncian bien una palabra. Piden cosas moviendo las manos hacia ellas y hacen ruidos. Ruidos, sí. Como él. Gu, ga, pr, fd, gú.
Hay un adulto que se los lleva. Los lleva a los tres a la vez en su amplio pecho. Increíble, pero sí: los tres. ¡Como se caiga uno! Se los lleva a los tres a un lugar lleno de movimiento y los deposita en el suelo, entre hierba y flores que la brisa agita. Él, el niño de catorce meses, se aleja un poco. El hombre está recostado y los observa con una sonrisa. Él no conoce al hombre. Éste tiene barba en la cara, y el que vive con él y juega con él y también huele bien y tiene una voz agradable, pero no tanto como la teta, no tiene barba. Este hombre es otro. Un hombre que no es el hombre. Otro hombre distinto. Desde luego, no es la teta, pero es que ni siquiera es el hombre.
Los otros dos bobos se quedan sentados. Apenas si saben caminar, pero él sí sabe, aunque caiga a veces. De todos modos, con el pañal no se hace daño, a no ser aquella vez que sangró por el labio. Pero camina bien. Y como sabe caminar no puede hacer otra cosa que no sea caminar. Si sabes, lo haces. Camina. Camina. El hombre queda atrás. Camina. Se queda quieto. Mira atrás y ve al hombre, que lo mira con una sonrisa. Está muy lejos, ese hombre que no es el hombre. Que no es la teta. Que tiene barba.
Luego mira en torno. La brisa agita todo. Todo. La hierba, las flores amarillas y blancas, las ramas de los altos árboles, que parecen querer acercarse a él, al niño, para tocarlo. Hay voces. Voces de agua, en una corriente —enorme, terrible, inimaginablemente grande— de agua no muy lejos de donde él se encuentra, detenido por el movimiento y las voces. El viento mueve sus rizos y mueve la hierba que le llega más arriba de la rodilla.
No están el hombre ni la teta, ni sus voces ni su calor, y todo aquel sonido, y todo ese movimiento… Mira a lo alto. Las copas de los árboles se mueven, recortadas contra el cielo, y en el cielo las nubes se persiguen, rápidas, sin reír. De pronto, una nube tapa el sol y todo se oscurece. Los colores se hacen más intensos, y las voces callan un poco. Y todo eso, todo, ¿en torno a qué? ¿Dónde? ¿Alrededor de qué?
El niño de catorce meses comienza a llorar, pero muy poco a poco. Primero vuelve a mirar hacia el río oculto por la maleza, a escucharlo, a intentar comprenderlo. Luego mira las copas de los árboles y el cielo con las nubes, nota que al desaparecer el sol su piel se ha enfriado y tuerce el gesto. Su barbilla se contrae y sus ojos se abren. ¿Dónde está esa teta o incluso el hombre? Se levanta una ráfaga de viento y reaparece el sol que lo deslumbra, y entonces llora, llora porque no sabe qué pasa, dónde pasa. Dónde pasa todo eso, dónde ocurren las voces, la agitación, el incansable movimiento.
El hombre sin barba va hacia él riendo, pero él no tiene ninguna gana de reír porque hasta el hombre sin barba está en algún lugar y él no sabe cuál es ese lugar, por qué ese lugar existe, por qué es diferente del lugar que el niño ocupa, o si ocupa alguno. Quiere su teta y llora llamándola:
—Mamá….
El hombre sin barba, aún riendo, da unas zancadas y pega un grito, y ¡allí viene la teta, su voz que dice cosas que aplacan el viento, y la luz, y el ruido, y llega y exhala su perfume y su sonido… ¡ Y se lo lleva. Ah, Dios.Qué miedo he pasado, teta. Qué miedo tan tremendo he pasado, teta, y no sé porqué. Ocurría algo y no sé dónde, había voces y no sabía dónde, ni qué.
Oh, teta querida, dáteme. Dáteme. 

19/10/10

Arriba.

Una hormiga en un palo que un niño sujeta con torpeza. Un minúsculo autómata de luto va hacia arriba y actúa sin esperar un resultado de sus actos, como el sabio hindú. Siempre hacia arriba. El niño inclina el palo hacia el otro lado cuando la hormiga ha llegado al extremo y ella comienza su camino en sentido contrario. El niño ríe, primero. Luego, se queda muy serio, concentrado en la hormiga durante minutos. Su mano es gordezuela aún, y rosada. El palo no tiene corteza y está seco; su superficie es lisa e imperfecta. El niño toma la hormiga entre el dedo índice y el pulgar y la aplasta.
El padre del niño siempre sube. A lo alto de las torres, a las montañas. Una vez subió con el niño en ascensor hasta el último piso del edificio más alto de su ciudad y lo sentó sobre los hombros para que él mirara por la ventana alta de la escalera.
-¿Qué ves?
-Nada.
-¿Cómo que nada? Tienes que ver algo.
-El mar. Y tejados. Y fábricas. Y montañas.
-¿Te gusta?
-No lo sé. Bájame.
Luego el padre estaba serio.
Otra vez subieron por una carretera muy estrecha que no estaba asfaltada. A sus lados había zarzales y el suelo era de gravilla. Curvas y curvas. El coche avanzaba tan despacio que el niño pensó que se detendría y tendrían que retroceder hacia abajo, marcha atrás. Al cabo de un rato el padre se detuvo en una curva. De un lado no había zarzas ni árboles.
-Mira, este es mi pueblo. El pueblo de mis padres.
El niño miró el pueblo alargado como una línea en un valle muy estrecho y boscoso. Entre un mar de nieba se entreveían la hilera de edificios viejos de ladrillo rojo de la fábrica, una carretera paralela a la fábrica, un río paralelo a la carretera, casi oculto entre árboles, y un rastro de edificios pobres, que se engrosaba a trechos, paralelo al río.
A sus pies, el hollín pegajoso sobre el césped descuidado, sobre las cruces, sobre las lápidas, un cementerio encastrado entre muros de la fábrica como en el fondo de un hoyo.
-Pero yo siempre quiero ir arriba, ¡arriba!
Papá miraba a lo alto. Sobre ellos, por encima del ahusado mar de niebla, las cumbres estaban doradas por el sol del mediodía.
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